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A ciencia cierta… Relatos de frontera y raza, mientras se quema la casa…

“ Bertha Von Suttner, activista por la paz, que escribió ¡Abajo las Armas! Publicada en 1889, entendía que, escribiendo una novela, lograría una audiencia más amplia.

Bertha Von Suttner, activista por la paz, que escribió ¡Abajo las Armas! Publicada en 1889, entendía que, escribiendo una novela, lograría una audiencia más amplia. El relato naturalista en forma de biografía, sobre la realidad de las guerras de mediados del siglo XIX, fue un éxito rotundo y en 1905 recibió el Premio Nobel de la Paz.

Si despertara hoy y hablara con Dan Kahan, estudioso de las formas de comunicación, (existe un campo de estudio llamado ciencias de la comunicación), él le diría que estaba en lo cierto. Según Dan Kahan, la información científica referente al cambio climático por ejemplo, no ha producido un cambio de comportamiento en la población. El motivo de la inacción es debido, en parte, a que la información se percibe como una amenaza a las costumbres y a los hábitos diarios, por lo que difícilmente es aceptada. Sin embargo, hay mayor probabilidad de que esa misma información sea aceptada y que provoque un cambio de comportamiento, si se trata de conocimiento empírico. Es decir, partiendo de la observación personal, (por ejemplo, hipotéticamente hablando: cada vez son más intensos los incendios forestales en Australia, conozco a vecinos que perdieron su casa por los incendios y el gobierno ratifica que los incendios se deben al aumento de temperatura en los últimos años: por lo tanto, mi actitud ante el entorno se ha vuelto más pro-activa). Cuando vemos y sentimos, incluso si los acontecimientos los recibimos en forma de narración ajena, incluso ficción, tenemos mayor probabilidad de cambiar de comportamiento.

La realidad en ficción

La información que aceptamos como motor de cambio, es elegida, inconscientemente, conforme al efecto que presentimos pueda tener en nuestra vida. Curiosamente el efecto de un estudio sobre la alarmante desaceleración de la corriente atlántica (AMOC), debiera ser mayor que lo que sentimos al ver una película de ficción sobre el mismo tema. Pero mientras el estudio prácticamente pasa por inadvertido, la misma información comunicada en la película El día después de mañana, tuvo tal impacto que según un artículo de la universidad de Yale, quedó reflejado hasta en las elecciones.

Lo sé “de ciencia cierta” se suele decir, respaldando algo dicho en la supuesta ciencia. Pero por el interés que ha despertado mi reciente novela La hija de Pedro, he aprendido que las narraciones que vivimos a través de los personajes, tienen mayor impacto que mis artículos basados en estudios y ciencia. Artículos en su mayoría sobre los mismos temas (o temas muy parecidos), como es nuestra relación con el entorno como especie y los orígenes. Llevo escribiendo sobre estos temas en ensayos y artículos casi toda una vida; pero con la ciencia, por cierta que sea, casi nunca nos identificamos. Si la ciencia no es utilizada (o manipulada) por los poderes que la hacen política, parece que pierde sentido. Pero por la respuesta emocional de mis lectores a mi relato, (y no fue mi intención, por una simple cuestión de gusto) sé que con mi narración he tocado ese sistema límbico, relacionado con las emociones, aumentando la posibilidad de provocar una reflexión, incluso un cambio de comportamiento.

Mi madre tenía razón, aún la recuerdo, fue ella quien me prestó ¡Abajo las armas! diciéndome en el salón de su casa; (como queda reflejado en las páginas de La hija de Pedro), que como mejor podemos entender la vida es a través de las novelas, ahí, leyendo a Emilio Zola, Stendhal, Antón Chejov, Sandor Marai…dijo, se comprende mejor al ser humano y el impacto de su comportamiento a lo largo de la historia. «¡Libros de auto ayuda!» exclamó con desaprobación un día sacando un libro de la librería de mi casa «son de mi hermana”», me escusé yo. «Si quieres ayuda léete una novela de Patricia Highsmith, ahí aprendes de psicología» fue su respuesta. Le aborrecen a mi madre los libros que prescriben, porque lo único según ella, que te hará entender y cambiar realmente en la vida es la misma vida, nuestra propia interpretación de los procesos, las experiencias y las narraciones (incluso en las novelas) de los eventos que nos afectan.

Para mí, todo quedó claro en ¡Abajo las armas! Aquel libro de hombres mutilados, huérfanos y viudas empobrecidas. Las guerras, (la autora Bertha Von Suttner murió en 1914), claro que siguieron, pero su novela tuvo un gran impacto en aquel tiempo. A mí se me quitó de la cabeza la idea romántica pero mortal, de que hay que luchar por la patria. Tenía yo, en mi temprana juventud, idealizada la lucha de los guerrillas del mundo y los luchadores por la independencia, hasta que leí ¡Abajo las Armas! Los informes y los números de muertos por la guerra no me habrían hecho cambiar de parecer tan contundentemente pero el relato realista del sufrimiento que padecían las familias sí. Más tarde aprendí que el verdadero amor por la patria ni divide ni mata. 

Construction social

Al tiempo que los humanos se diferenciaban por el credo de las razas en el siglo XIX, el mundo de patrias se convertía en naciones y se llenaba de fronteras. Estas se multiplicaron a partir de la mitad de ese mismo siglo, fomentando el nacionalismo, y el racismo, componentes principales de las guerras modernas. Y ahora, en un mundo de identidades limitadas a delimitaciones territoriales cuando en el mundo se han sobrepasado tantos puntos de no retorno (por ejemplo la desaceleración de la corriente atlántica, y el derretimiento repentino del permafrost en las regiones del norte), la información científica en cuanto al cambio climático no nos ha movilizado, pero siguen los jóvenes muriendo en las guerras por raza y frontera. 

Página de un libro escolar de Geografía de EGB. Editorial Luis Vives, primera edición 1958. 

No fue la intención de Darwin con su Origin de las Especies en 1859, que sus hallazgos se utilizaran para dividir, pero fue a raíz de estas creencias que surgieron las leyes eugenésicas. La Alemania Nazi, es un claro ejemplo de cómo los descubrimientos científicos, y las “películas que se montaron”, dicho vulgarmente, fueron utilizados para crear política. Ahora parece ser que el determinismo genético es una teoría rebatida y se habla de epigenética y de metilación; fenómenos que describen cómo el entorno determina el desarrollo de las especies y no viceversa. Lo cierto es que somos una especie del orden de los primates, homo sapiens (en latín hombre sabio) pertenecientes a la familia de los homínodos. El concepto de raza, siempre fue utilizado para la dividir y explotar, humanos y tierra. Y nos ha traído, en gran medida, a este punto —quizás de no retorno— en el que nos encontramos ahora. Pero no lo hemos de olvidar, no somos raza, sino especie. 

Cuidemos el relato

Lo que más me gustó del libro de Bertha Von Suttner fue el cuestionamiento —en aquella época —, de una sociedad que consideraba como virtud positiva la valentía combativa y el orgullo de ser soldado. Esas creencias que sirven a los Estados para mandar a los jóvenes a los campos de batalla bajo la falsa premisa de la noble lucha por la patria ¿Y si el relato hubiera sido otro?, ¿Y si a los jóvenes se les hubiera inculcado que todos somos iguales, la paz y la humildad? ¡Quédense con la tierra señores que yo no mato ni pierdo la vida por ella! sería la respuesta. El efecto de la tan repetida frase de mi madre que aparece en el primer párrafo en La hija de Pedro, a modo de reproche cuando se enfadaba conmigo: “¿por qué no puedes ser como tus hermanas?” determinó que no lo fuera; porque independientemente de la carga genética entre mis hermanas y yo, lo que yo absorbía en mi entorno (aquellas palabras que repetía mi madre), me condicionó determinantemente a creerme diferente de mis hermanas para siempre. ¿Cómo poner en duda la pregunta-sentencia de mi propia madre? Y hoy me pregunto, ¿y si me hubiera repetido lo contrario? por inoportuna que fuese yo, ¿y si me hubiera repetido lo mucho que nos parecíamos todas? Nada es realmente “a ciencia cierta” pero a mí, poca duda me cabe, de que ni una prueba de ADN me hubiera convencido de lo contrario. 

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