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“Ahora África ha venido a mí…”

Una furgoneta familiar anuncia pan caliente por las calles de una aldea tranquila; una primavera silenciosa se da a conocer alrededor de nuestro caserío con bocina mucho más discreta. El pájaro no necesita claxon para compartirnos que construye feliz nueva morada.

Las nubes no dejan de bailar al son de un viento ya templado. La vida no se ha detenido, sólo un breve paréntesis para permitirnos a nosotros y nosotras sumar los mejores materiales para el ancho nido planetario, construir nueva y más solidaria Tierra, encarnar olvidada esperanza y poderosa primavera. 

Los mutuos y elogiosos aplausos no se detengan. El miramiento por el otro se perpetúe. “En su día no reuní valor suficiente para marchar a África y ahora África ha venido a mí…”, nos comparte, igual de feliz que el pájaro, una valiente y entregada enfermera amiga. En realidad, África nos ha llegado a todos y, como decía el lehendakari, éste es el momento en que podemos dar lo mejor de nosotros mismos. Éste es el momento de la entrega generosa y sincera que siempre habíamos aguardado y que ahora de repente, con estos pelos cargados de canas, con este apego de mullida butaca, se nos brinda…

Ahora que marcha ese amago de invierno, el mayor problema sería que el corazón unido se enfriara, que ya no hiciéramos sabroso bizcocho para toda la escalera, que dejáramos de cantar poderosas «arias» en los balcones de unas ciudades sin «Covi 19». El único error sería que el vecino volviera a ser extraño, que todo de nuevo como en el pasado, antes que ese coronavirus omnipresente irrumpiera en nuestras vidas y vocabulario.

Ojalá toda esta crisis represente un parteaguas. Se impone el «antes y después», la ruptura con todo lo caduco o lo que es lo mismo lo antiguo, lo separado, lo insolidario. El gran fallo sería que el desafío del virus no revirtiera en positivo. El mayúsculo error consistiría en no aprovechar esta preciosa crisis para dar un salto en nuestra evolución colectiva. El final fatal sería que a la postre nada hubiera cambiado; que una vez el virus controlado (nos cuesta utilizar la palabra “vencido” para un ser vivo), las distancias no cayeran; que después de haber vivido la triste separación, los más sólidos muros no se desplomaran; que las fronteras de todo orden no desaparecieran. El virus ha hecho que aflorara la inconsciencia de haber permanecido tanto tiempo distantes, ha evidenciado cuánto nos necesitamos los unos a los otros.

El precio pagado no sea en balde. “Volveremos a juntarnos…”, “Romperemos ese metro de distancia entre tú y yo…” “Ya no habrá una distancia…”, no sean sólo frases bonitas que saltan raudas de móvil en móvil. Podamos hacer todo ello realidad. Que no sean sólo canciones que casi automáticamente nos aprestamos a compartir con nuestros contactos y grupos de whasap. Podamos encarnar lo que a toda velocidad tecleamos.

No sólo lo que muere, lo que deja el cuerpo, sino lo que nace a una nueva vida. No sólo lo que ya no seremos, sino lo que somos llamados a Ser. No sólo lo que marcha, sino también lo que nos alcanza, “no sólo lo que perdemos, sino también lo que ganamos” (Dtor. Jorge Carvajal). Por cada uno que acumula, hay muchos más que reparten; por cada signo de egoísmo, hay otros más de manos y corazones abiertos…

Por cada armario desbordado de papel higiénico, hay muchos que tratamos de hacer limpia e higiene por dentro. Hay una fractura con el ayer que no nos duele desde el momento en que seremos menos “yo” y más “nosotros”, en que estamos ganando fuerza colectiva para atender unidos a los otros grandes retos que como humanidad tenemos por delante. No sólo el credo que dejamos, sino el nuevo que abrazamos, no sólo el mundo que se aleja, sino por encima de todo, la conciencia que despierta. Tabiques de por medio, estamos aprendiendo a darnos mutuamente más que nunca y ya no deseamos salir de ese mullido y cálido espacio compartido.

Han cambiado mucho los tiempos, pero más nuestra forma de relacionarnos y mirar. Yo tampoco era de los de abrazo fácil para con el uniformado, tantas veces tropezamos, y ahora sin embargo lo estrecho también junto a mi pecho. El desarrollo de la conciencia se evidencia en la necesidad de ensanchar el abrazo. Hay que haber vivido en el País Vasco en las últimas décadas para constatar el milagro que, sola de por sí, representa la imagen de la Ertzantza y la Guardia Civil unidas. El coronavirus galopa, pero el virus más peligroso que realmente nos alejaba unos de otros, ha sido seriamente herido. El dolor está ya trayendo su debida recompensa. La armonía y la cordialidad se expanden, la convivencia se supera.

Es verdad que está muriendo mucha gente por causa del coronavirus, pero también, a causa de esta crisis, están ocurriendo milagros que antes jamás hubiéramos concebido. Hay abismos que se están deshaciendo. Nada nos ha unido como este bichito que en realidad no era “chino”. Le hemos mirado a los ojos y no los tiene rasgados, como proclama Trump. Se ha hecho presente por doquier, porque no había otra forma de relegar esa otra pandemia mucho más peligrosa y letal de la separatividad.

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