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Cosme es mi amigo y lo quiero mucho, pero Cosme es un gañán

Gesticula con la mano del canuto mientras con la otra se mesa las barbas y aunque parece muy convencido de todo lo que habla, siempre pienso que necesita de la aprobación de los que le escuchamos como si fueran "likes" del Facebook.

Cosme nunca intentó participar del movimiento vecinal de su barrio, en lugar de eso se fue a vivir a una ecoaldea.

Cuando estaban embarazados él y Estela (su compañera), no intentaron presentar un plan de parto en el hospital de referencia, sino que tuvieron a la niña en la clínica esa de Alicante.

A la niña, Jara, no la llevaron a la escuela pública ni se metieron en el AMPA para intentar cambiar las cosas, sino que la llevaron a una «escuela libre» tipo Summerhill.

Cosme no está metido en ninguna asociación, ni grupo, ni partido. Aportaría a ONGs -dice- pero a saber si al final ese dinero llega a los que lo necesitan. No va a manifestaciones después de ver que la del «No a la Guerra» no sirvió de nada (y ahí tengo que decir que no le falta razón). Y cuenta, a quién esté dispuesto a escucharle, que ya no va a votar.

Cosme se hizo vegetariano y decía que con el grano que se alimenta una vaca se pueden alimentar 80 personas. Pero las vacas no deberían comer grano, sino pasto; y por mucho que deje de comer ternera no veo como eso va a redundar en grano para nadie si no hay una política redistributiva más sensata y un régimen de subvenciones justo, pero no me hagáis mucho caso.

Cambio de vida

Esos fueron años duros para los que conocíamos a Cosme. Pero por suerte se le pasó. Se hizo macrobiótico –yo creo que para volver a comer pescado a gusto– y al poco volvió al chuletón y la panceta asada en las brasas. Cosme no compra productos ecológicos porque dice que a saber si serán tan ecológicos como dicen, que hay mucho mangoneo y que los precios son abusivos.

Vive en una casa de balas de paja rematada sin amor y el año pasado empezó un domo de superadobe para usarlo de bodega. Me pregunto que querrá meter dentro, porque él no produce excedentes de nada. A no ser que lo llene con las ventanas que recoge de la escombrera.

Ya dije que no pensaba hablar ni de su huerto ni del invernadero. Y si no lo dije, lo digo ahora.

Estela se marchó hace tiempo y se llevó a la niña. Después de años de predicar la igualdad, la paridad y la lucha contra el patriarcado, se plantó delante del juez y dijo: «los niños tienen que estar con su madre». Y pidió la pensión más alta que pudo. Y es que en el fondo se parecen los dos más de lo que se piensan.

Cosme lee el Diagonal, eso explica el por qué de repente un día te suelta una charla sobre «outsider art» y al otro te cuenta lo importante que es la lucha LGTB y el movimiento «Queer». Eso a pesar de que en el entorno rural donde vive este tipo de reivindicaciones son baladís y a pesar de que a él le gustan las mujeres y ya.

Haciendo curas

Por cierto que Cosme se echó por fin novia, no recuerdo el nombre de ella. Empezaba por M. Es profesora de yoga y estuvo mucho tiempo viviendo en la India con un novio suizo que tuvo. No: sueco.

Ya hicieron la cura del limón y el sirope y estaban comprando magnesio para la limpieza hepática cuando me los encontré en el Herbolario. Les conté lo de las lavativas con café orgánico y las autotrepanaciones que se hacen algunos pero creo que no pillaron la ironía y son perfectamente capaces de hacerlo el día menos pensado. Dios quiera que no mezclen las dos cosas.

A temporadas se pone tan conspiranoico que le entran a uno ganas de regalarle un libro. No es lógico que alguien como él, que en el fondo hace lo que le da la gana, se crea tan manipulado por las farmacéuticas, el club Bilderberg, los Illuminati y el Mossad. Que no digo yo que no puedan condicionar la información que recibe, pero no le obligan a nada.

No me malentendáis: Cosme tiene un gran corazón, y si necesitara yo un favor sería al primero a quien lo pidiera, aunque también pienso que si pudiera se escaquearía.

Y es que Cosme es mi amigo y lo quiero mucho, pero Cosme es un gañán.


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Las descargas ilegales y otras cosas

Leí con interés un debate sobre descargas ilegales en una página fantástica de folk por desgracia ya deaparecida. Era un debate más de un tema muy manido, pero las conclusiones a que llegaron me gustaron. El debate lo inició un menda que de repente había visto su disco ahí y de gratis para todo el mundo y había escrito indignado al webmaster o cómo se llame. 

Tenía toda la razón, había pagado un estudio, a los músicos, su autónomo, etc. La gente le decía que su música no iba a llegar nunca a los sitios dónde vivían, que ni la conocerían ni se comprarían un disco sin escucharlo (yo recordaba, ¡ay!, con nostalgia todos esos discos atroces que nos comprábamos con la paga en esos años de juventud). Eso por no hablar de lo que nos gastamos luego en comprar los mismos discos pero en cd, para que ahora encima nos llamen piratas. Hemos apoyado a la industria de la música como el que más. 

Bueno, el debate: al final la conclusión a la que llegaron es que la página colgase la música que quisiera pero en calidad normal-alta (192) como mucho, y el que la encontrara fabulosa y la pudiese pagar, la comprase en alta calidad (320) al músico. 

Producir lo mismo en un tiempo diez veces menor

Me pareció muy razonable. Ahora somos los ciudadanos los que tenemos que dar la vuelta a ese argumento y salir del rollo más rata y, ya que tenemos miles de discos gratis, miles de libros gratis y miles de pelis gratis, darnos el gustazo de comprarnos un libro bien editado, un disco sobresaliente o una peli de las que te marcan la vida.

Decía el antropólogo francés Pierre Clastres: «Cuando los Indios descubrieron la superioridad del hacha del hombre blanco, ellos las deseaban no para producir más en el mismo tiempo, sino para producir lo mismo en un tiempo diez veces menor».

Parecería el cuento ese del que cuestiona al que está tirado en la barca porque no pone una flota entera de pesqueros y así podría relajarse tumbado en su barca pero los antropólogos no miran a las otras culturas ni romantizándolas ni imaginando que si pudieran serían como nosotros y pedirían un ipad para reyes. El antropólogo mira a las otras culturas para aprender a mirar la nuestra propia con otros ojos. El indio no necesita ahorros porque la tribu le apoya en su vejez o en la invalidez. El indio no paga intereses compuestos y su casa es suya; combina el trabajo de subsistencia, el comunitario y el de a jornal. ¿Habrá algo que aprender de ahí?


Artículo publicado en la revista EcoHabitar Nº48 Invierno 2016


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