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El final de la era soviética

El documental "Hypernormalisation", de Adam Curtis explora la idea de que estamos viviendo un momento de cambio. Un "impasse". Se acabaron los grandes relatos en política, religión, asuntos sociales, laborales y demás y aún no han llegado los nuevos.

Plantea que en nuestro mundo occidental estamos viviendo algo muy parecido al final de la Unión Soviética: abrumados por la creciente complejidad de la realidad nos refugiamos en una versión ultra-simplificada de ella. Con protagonistas carismáticos; buenos contra malos, motivaciones infantiles, culpas y castigos, premios y fama. Cómoda, práctica, reconfortante, útil y totalmente falsa. Tardaremos más o menos, pero nos la vamos a pegar fuerte.

Entre las ideas válidas que baraja, plantea que los movimientos alternativos (Occupy Wall Street, 15M, Primaveras Árabes, etc), fracasaron porque si tenían muy claro el «Cómo» (democracia participativa, consenso, horizontalidad y esas cosas), no tenían ni idea de «Hacia dónde». Otro mundo será posible seguro pero aún no tenemos a nadie capaz de imaginarlo y menos de ilusionar a multitudes con ello. 

Y eso que hace un año hubo algunos días de abril en que el mundo se veía por primera vez en muchos años como algo tremendamente real.

Pero ya volvió la burra al trigo, ya estamos igual que antes. Si eso, un poquito peor. Más arruinados (el plan del Gobierno de sablear aún más a los autónomos es un acto de desesperación, un «sálvese quien pueda» que va a costar mucha miseria y mucho dolor), más aislados y sobre todo, mucho más neuróticos. 

La naturaleza de los espacios comunes

Cayó en mis manos el libro de Eric Klinenberg «Palaces for the People», un tesoro. Klinenberg había sacado hace 8 años un librito sobre cómo la gente que había optado por vivir sola tenía una vida social y cultural más dinámica. Ahora, en este nuevo libro, explora la naturaleza de los espacios comunes. Justo todo aquello que hemos perdido desde hace más de un año: bibliotecas, parques, mercados, escuelas, parques infantiles, jardines y plazas. Todos aquellos sitios esenciales para nuestro bienestar y salud mental. Donde encontrarse de manera informal, iniciar una conversación con un desconocido y crear comunidad. A ésos habría que añadir los que requieren pagar un dinero, como estadios, conciertos, teatros, cines, bares, restaurantes o gimnasios; además de clubes ciclistas o alpinistas o colombófilos; grupos musicales, bandas municipales, corales, sociedades gastronómicas, grupos de teatro amateur…

No nos estamos dando cuenta de la magnitud de lo que hemos perdido y de lo necesario que es a nivel individual y a nivel colectivo. La privación de ese contacto social crea neurosis. 

Las HBO y Netflix no pueden suplir eso aunque nos ayuden a pasar el rato.

Y si bien de las redes sociales se dijo en su momento que ayudaron cuando el confinamiento, ahora, con la distancia, nos damos cuenta que Instagram, los grupos de Whatsapp, Twitter y Facebook fracasaron de la manera más estrepitosa precisamente por el famoso «efecto burbuja». Se llenaron de aplausos desde balcones a guardias civiles, eslóganes burdos en colorines y cosas así y no fueron ni refugio ni solaz.

Reddit fue la única que siguió aportando conversaciones más o menos inteligentes, algo de humor y análisis críticos.

Bailando entre lobos

La desconfianza en el otro, que nos contagia seguro, pero seguro; el tener que salir protegidos por una mascarilla a un mundo hostil que nos quiere matar y la falta de contacto social en espacios comunes son los ingredientes perfectos para una sociedad enferma.

Hablando de sociedades enfermas: se hizo viral hace un par de meses el vídeo de una profesora de aerobic que bailaba como si nada mientras detrás de ella pasaba un convoy de militares golpistas camino del Parlamento Birmano.

Lo que no se dijo entonces es que esa chica también bailaba como si nada cuando los mismos militares masacraban a la población Rohynga en el norte del país. («Han venido a buscar a los comunistas. Pero yo no he dicho nada porque yo no soy comunista…») Ahora el monstruo que habían soltado se había vuelto contra ellos.

¿Hay alguien que crea que en este país nuestro no se van a utilizar contra la disidencia las mismas armas de represión judiciales y policiales que se han utilizado contra los catalanes que querían poner urnas? Si es que han llegado a prohibir el color amarillo, como si fuera un cuento de Michael Ende, ¡y NO hemos dicho nada! Los derechos se defienden para todos o se pierden. Antes nos contaban una historia muy positivista: que con los años habíamos ido acumulando derechos (sufragio universal, 40 horas semanales, vacaciones pagadas, matrimonio LGTB, igualdad ante la ley, habeas corpus, tutela judicial, etc) y sobre ellos construíamos el Estado de Bienestar. Pero no es así. Si no se luchan, se pierden, y ojo que estamos en plena involución. Bailando aerobic y mirando series.


Artículo publicado en el nº 70 de EcoHabitar en verano de 2021. Puedes adquirir un ejemplar en papel aquí.


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