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El «Gran Giro» sólo será posible si se asume el dolor por el planeta

Hay quienes se toman la salud de este planeta como algo personal, su malestar les duele y ese dolor no siempre empuja a la acción.

La semana pasada se organizó en Glasgow la cumbre por el Clima en la que tanto los presentes en las negociaciones como los que protestaron en la calle sentían y sienten que se trata de la última oportunidad para cambiar de rumbo. En ambos lados se aceptaba (en gran o mínima medida) que la crisis climática es ya un hecho. Estamos viviendo el colapso de la civilización industrial, este planeta está enfermo. ¿Qué hacer con este dolor? ¿Cómo enfrentamos este estado de emergencia sin que el miedo paralice y el malestar se haga insoportable?

Aunque la preocupación por el futuro del planeta viene de atrás, quienes hoy asumen las evidencias de los datos científicos y participan en la búsqueda de iniciativas que permitan el “Gran Giro” pertenecen a una cultura que rechaza el dolor y cultiva el miedo. Es decir, ese cambio de rumbo necesario va más allá de la justicia ecosocial o el equilibrio medioambiental, se trata de una transformación emocional y espiritual, un cambio de conciencia que implica cuestionar también nuestra forma de entendernos como individuos.

No es posible una acción colectiva eficaz que no pase por la asunción individual y colectiva del dolor compartido. Sin este primer paso es imposible experimentar nuestra conexión con los poderes sistémicos y la confianza en la capacidad de autocuración de la red de la vida. Para ver con nuevos ojos nuestra participación en el cambio necesario, hemos de preguntarnos por qué, a pesar del dolor acumulado, no estallamos. Por el contrario, llegamos desfondados/as, con la furia menguada, a gran parte de las acciones constructivas y colaborativas.

Parece apatía pero no lo es, se trata del “entumecimiento psíquico”, un concepto acuñado por el psiquiatra Robert Lifton en los años sesenta del siglo pasado para describir la carencia de sensibilidad de los supervivientes de la guerra de Vietnam. Para poder lidiar y funcionar en medio de la violencia e incontables tragedias de la guerra, los soldados se disociaron y se entumecieron psíquicamente. En los años setenta la doctora en filosofía, especializada en budismo, en la teoría general de sistemas y en ecología profunda, Joanna Macy, añadió a este concepto la palabra “emoción”. Por tanto podemos decir que estamos inmersos/as en un entumecimiento psíquico y emocional alimentado por una cultura violenta en la que se incita a evitar el dolor y a la búsqueda compulsiva de la felicidad. Se trata de una estrategia y resulta sumamente eficaz para quienes la promueven (aquellas personas que no quieren perder sus privilegios) porque entorpece la visión colectiva, genera un sedativo psicológico y social y crea una aparente falta de comportamiento empático, lo que permite la denigración del planeta.

Los movimientos y entidades que trabajan para mostrar los síntomas del colapso se preguntan por qué la mayoría retira la mirada ante ese dolor. La respuesta es: porque mirar el dolor ajeno nos hace entrar en contacto con nuestro propio dolor, que tanto tiempo y esfuerzo nos ha llevado a arrinconar y que nuestra cultura tantas facilidades nos da para ocultarlo. No se nos facilita el camino para admitir la frustración, la insatisfacción o disconformidad. Lo más saludable sería asumir que la vida no es una fiesta continua pero la sola idea puede conectarnos con la rabia, la impotencia o la depresión .

Es ahí donde los relatos que compartimos cobran una gran función represora: estamos construyendo una y otra vez una narrativa sobre la felicidad que nos llena de expectativas irracionales y objetivos que nos permiten sentirnos a salvo durante un tiempo breve a cambio de pasar por alto los asuntos que en el fondo más nos conmueven. Frente al enfado, la pérdida, el miedo o la tristeza se nos propone vivir la belleza del instante pero se nos olvida que en ese instante puede aparecer cualquier emoción, cualquier incertidumbre o sombra, y así volvemos al frustrante punto de partida, lo que multiplica nuestro entumecimiento emocional y mental.

Existe un método llamado “El trabajo que reconecta” que plantea abiertamente la necesidad de abordar el dolor de forma colectiva para que los movimientos ecosociales puedan vincularse de manera saludable con la trama de la vida. Su creadora fue la ya citada Joanna Macy, quien fue capaz de enlazar ya en los 70  la ecología profunda, la ecopsicologia, la teoría de sistemas vivos y las visiones y prácticas de tradiciones ancestrales de todo el mundo.

Hace unos días participé en un taller basado en este método (en Mallorca los imparte “Ecotransformers» https://www.instagram.com/p/CVzkZ0UDr7Q/?utm_medium=share_sheet). Experimenté con el cuerpo y sus sentidos, con los afectos, la expresión artística, la reflexión y la espiritualidad hasta qué punto reconocer el dolor individual por la salud del planeta es imprescindible para que la empatía hagas trabajo. Se nos olvida que es ella la que enlaza la compasión con la confianza, permite que aflore la gratitud por sabernos seres nacidos y no sólo mortales y fortalece la certeza de formar parte de una gran comunidad.

Comprendí cuán profunda puede ser la huella del dolor no expresado, por qué  la salud mental de nuestra sociedad es tan frágil y por qué hay culturas nativas en las que no existe ningún término que exprese “depresión”, como la del pueblo sami, en Laponia.

Una de las razones por las que el «Gran Giro» es lento reside en nuestra profunda desconexión con la trama de la vida. Necesitamos volver a experimentar cuán inextricablemente estamos en relación con todo lo que es. Nuestra participación en planes compartidos y acciones coordinadas necesita dejar un espacio a la certeza de nuestra fragilidad, del dolor y la incertidumbre. Esta forma honesta y clara es poderosa porque rompe las barreras del espacio y del tiempo.

Para que nuestros relatos encarnen esta preciosa complejidad necesitamos que sean atravesados por el dolor, lejos del espectáculo del drama. Por ejemplo, si enlazamos esta emoción con acciones que comúnmente se conciben como “activismo” (marchas, mítines, boicots, desobediencias civiles, protestas y demás acciones al servicio de la disminución del daño causado a la Tierra y sus seres) estaríamos mostrando el camino para su expresión compartida.

El malestar también puede hermanarse en nuestros relatos con la creación de estructuras alternativas (iniciativas biorregionales y comunitarias, opciones de energía libre de combustibles fósiles, permacultura, educación y salud integral, etc), porque permiten crear nuevos horizontes y enlazar con la esperanza.

Existe un tercer camino: aquel que implica que nosotras, narradoras, bebamos del conocimiento en una doble copa. Por un lado de aquel que mana de las corrientes de pensamiento en su dimensión filosófica, espiritual, emocional o estético, pues nos permiten orientar la mirada y dar forma al relato. Entre ellas se encuentran las escuelas de pensamiento ecológico (ecofeminismo, ecología profunda, ecopsicología, ética ambiental) y distintas tradiciones espirituales en sus vertientes místicas. En esta línea y sin ir más lejos, el método creado por Joanna Macy (Trabajo Que Reconecta) utiliza el movimiento, la poesía, la meditación, los recuerdos, las historias y el poder del grupo como una forma de crear nuestros relatos al tiempo que cambiamos nuestras conciencias. La segunda fuente procede del conocimiento científico y concretamente ramas como la teoría general de sistemas, las ciencias del caos y la complejidad o la física cuántica.

No está todo perdido. Ya empiezan a crearse relatos colectivos que ponen el foco en el proceso y en sus participantes porque “al igual que todas las verdaderas revoluciones, el Gran Giro le pertenece al pueblo. Sus historias inspiradoras no vienen de magnates de la industria o políticos, generales militares o celebridades. El poder de esta revolución radica en el hecho de que proviene de personas de todas las edades, colores, credos, y circunstancias, a manera que participan en acciones a favor de la vida misma. Su motivación representa una notable expansión de lealtad más allá de ventajas personales o grupales. Este sentido ampliado de identidad es una capacidad moral asociada con frecuencia a héroes y santos; pero ahora se manifiesta en todas partes en el plano práctico y habitual.” Así lo expresa Adrian Villaseñor Galarza en su ensayo “El Gran Giro: Despertando al florecer de la Tierra” y así lo encarnan quienes han participado en la Gran Marcha a Glasgow (https://marcha-a-glasgow.net) llenando de vida la primera línea.


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