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EL PORTAL DE REFERENCIA EN BIOCONSTRUCCIÓN

Narrar desde dentro (porque no hay un afuera)

Nuestra experiencia del tiempo está cambiando. La velocidad de los datos y aquella en la que transcurre nuestra vida no encajan.

Al mirar nuestras agendas tenemos la sensación de que vivimos en pretérito imperfecto: siempre llegamos tarde a algo. La consciencia del colapso civilizatorio y la crisis medioambiental no ayudan precisamente a abandonar las urgencias. Es cierto que en esta zona del mundo empezamos a recordar que necesitamos cuidar los procesos si queremos sostener la vida (en la naturaleza nada es instantáneo ni nada está aislado) pero, a pesar de ello, seguimos declinando nuestras acciones en presente perecedero, un nuevo tiempo verbal que sustituye al presente continuo.

Esta relación con el tiempo determina nuestra forma de contar el mundo y no sólo por las prisas con las que enviamos un mensaje, o por la necesidad de una inmediata respuesta, o por la exigencia de productividad. Se trata del propio relato en sí: Los acontecimientos que narramos comienzan, terminan y tienen una dirección a la que llamamos “sentido”; es decir, cada vez que elaboramos una narración estamos modelando el tiempo. Estoy hablando de estructura y de procesos.

Nuestra forma de leer y de escribir está marcada hoy por la inmediatez y la instantaneidad. Los relatos contemporáneos tienden a la brevedad y a la fragmentación, no importa si son escritos o si utilizan el lenguaje audiovisual. Hay películas en las que los diálogos apenas forman parte de la acción, todo son impactos. En los informativos abundan las noticias hechas con frases de diferentes personas que el/la periodista hila para componer una sola idea.  Mientras, en la vida real, sólo podemos atender las conversaciones de una en una. Los tiempos de la vida nos resultan aburridos. Nuestro cerebro ha sido adiestrado para entender que una reflexión oral de más de diez minutos es poco atractiva, mejor interrumpirla y si se usan gritos, más excitante.

Si así son las cosas, ¿dónde hemos dejado los procesos? ¿Los hemos jibarizado? ¿Está la instantaneidad supliendo a la armonía? ¿Está la equidistancia devorando al equilibrio? Si la vida es un proceso, ¿qué tipo de relatos estamos compartiendo? ¿Estamos creando narraciones transgénicas?

Cuando creo historias vivas me imagino componiendo, en el sentido musical del término, porque en una narración intervienen no sólo los significados sino la sonoridad de las palabras, el ritmo interno de sus frases, la armonía que trazan sus vínculos, etc. Al fin y al cabo en las composiciones también hay frases, principios, finales, silencios… Si bien es cierto que las notas no tienen un mensaje atado a la espalda como les sucede a las palabras, también lo es que las combinaciones de silencios y sonidos, los vínculos entre corcheas, negras, blancas, están atravesados por aspectos que tienen una gran importancia en la continuidad de la vida, como son la intensidad, los patrones rítmicos, los cambios dinámicos… Estructuralmente un texto y una obra musical manejan el tiempo repitiendo, ampliando y transformando figuras y motivos, jugando con los ritmos, manejándolos de manera progresiva y también recesiva.

Nos resulta más fácil entender que una melodía es una composición, de modo que empezaré señalando la estructura músical, sus propuestas son inspiradoras. En este tipo de composiciones existe un término que se denomina “afinación pitagórica”. Es un sistema de construcción de la escala musical basado en “la quinta perfecta” o “quinta justa”, una proporción obtenida mediante la división geométrica de una cuerda de un instrumento musical en dos, tres y cuatro partes iguales. Se trata de una afinación que fue muy usada en la Edad Media (como en el canto gregoriano) y que sentó las bases de la cultura musical en Occidente. Las propuestas pitagóricas partían del conocimiento de la geometría y de las matemáticas, lo que le hacía entender la armonía como una combinación proporcionada y ordenada de unidades.

En el siglo XX, Arnold Schoenberg, padre de la obsesión moderna por la simetría en la música, llevó hasta el extremo este concepto para componer a partir de juegos matemáticos. Su objetivo era poder representar musicalmente la armonía, al margen de las emociones y de los patrones culturales. Mezclaba sonidos y silencios a partir de fórmulas matemáticas, permutaciones, repeticiones, frecuencias, combinaciones del orden y el desorden… Pero, curiosamente, aunque la lógica interna de sus obras trabajaba con el equilibrio y el desequilibrio, sus espectadores consideraban que sus piezas remitían al caos. Un contemporáneo suyo, el francés Edgar Varese, incluyó en estas estructuras sonidos más irregulares, ruidos en todas sus gradaciones, intensidades y texturas, amén de silencios, sin que por ello lograra generar una experiencia embriagadora.

En las mismas fechas (principios del siglo XX), Dziga Vertov empezó a indagar en el montaje audiovisual. Nacía el cine, una expresión artística sin trayectoria propia, fruto de un avance tecnológico, por eso este cineasta ruso tomará como referencia las composiciones musicales. Las películas permitían experimentar nuevas relaciones con el tiempo y el espacio. Al fijar la atención sobre la correlación de unas imágenes con respecto a otras, Vertov señaló la importancia de la estructura y demostró que la progresión entre las imágenes constituye una unidad compleja formada por la suma de diferentes correlaciones: la de los planos, ángulos de toma, movimientos en el interior de las imágenes, la que vincula las luces y las sombras, las velocidades de rodaje….

Durante los siguientes 100 años, a medida que nuestro tiempo vital se aceleraba y las tecnologías cultivaban la inmediatez, cineastas y videoartistas empezaron a preguntarse por la alternación del orden de los fragmentos filmados, por el tiempo de proyección y el tiempo de visión de cada imagen. El primer paso fue fragmentar la unidad temporal de los sucesos y acciones del relato, dejando que fuera la voz en off la que los reordenara de manera lineal. Mäs adelante crearon cápsulas de tiempo que permitían traer al presente detalles del pasado, una técnica que conocemos con el término de flashback.

Paulatinamente se fueron dando más permisos: recurrieron a una estructura de círculos encadenados para revisar un hecho de modo que la historia siempre volviera al punto de partida; enlazaron bloques narrativos independientes montados de manera aparentemente inconexa a partir de figuras literarias, rótulos a modo de epígrafes, repeticiones de momentos y multiplicación de puntos de vista de la misma escena (entre otras propuestas); generaron la sensación de caos con anacronías que al final serían ordenadas para que tuvieran el sentido temporal al que estamos habituados… De este modo, los seres humanos del siglo XXI se fueron familiarizando con la fragmentación del tiempo lineal y con el desorden. Los relatos con estructura fraccionada dejaron de ser una excepción para convertirse en una opción más dentro del menú narrativo. El público ya era capaz de organizar una historia en su cabeza a base de enlazar fracciones.

Gracias a este adiestramiento, a medida que se popularizó el uso de las nuevas tecnologías y se multiplicaron las redes sociales, aquel público que había sido educado para recomponer las piezas de una película en su imaginación empezó a prescindir de intermediarios y a relatar el mundo por su cuenta sin necesidad de plantearse grandes preguntas.

En medio de este nuevo ruido sin interrogantes que se dejaba llevar por la inmediatez, ¿qué pasó con los procesos creativos? ¿Dónde quedaron el equilibrio, la armonía, la experiencia de la belleza? Por sentido común, una nueva realidad necesitaría nuevos planteamientos, ¿no? Por ejemplo, la neurociencia ha demostrado que la belleza tarda segundos en percibirse, es decir, no parece que requiera un recorrido en el tiempo. ¿Es, acaso, instantánea? Entonces ¿no necesita un proceso? Se ha escrito mucho sobre la dificultad de sostener la belleza, sobre la necesidad de quien la observa de estar preparado/a para la contemplación. Quizás esto implique que experimentar la belleza es un proceso que sucede antes al encuentro, de forma no lineal, y, culmina con ese embeleso que provoca su presencia. Lo que arroba es la sorpresa del encuentro; lo que impacta de la belleza es su capacidad para dejarnos en silencio. La belleza no pertenece al objeto que nos quita el aliento. El proceso comienza antes, en nuestra capacidad para asombrarnos. Y no acaba en la mera contemplación de la belleza porque el asombro es el motor de nuestras preguntas.

De este modo la experiencia de la belleza nos permite regresar a una ancestral percepción de la Naturaleza. Por eso la contemplación de un atardecer nos conmueve en cualquier parte del mundo, en cualquier cultura. Se trata del asombro ante lo inabarcable. Entonces, ¿qué pasa cuando no hay tiempo? ¿Dónde queda ese asombro que amansa el tiempo y nos permite preguntarnos ante aquello que nos emociona? ¿Qué le pasa al proceso que permite reconocer la belleza?¿Qué tipo de belleza estamos compartiendo? ¿Estamos clonando historias elaboradas con estructuras funcionales, trucos narrativos alejados de los procesos de la vida?

Si queremos que nuestros relatos germinen, regeneren nuestros vínculos con la vida, necesitamos dejarnos caer en un tiempo continuo, sin comienzo ni fin. Necesitamos indagar en ese universo infinito de belleza y bondad total que nos atraviesa y enlaza con la vida más allá del tiempo y del espacio, en el que todo es indiferenciado, en el que lo narrado y quien narra están totalmente fusionados/as. La búsqueda egóica de trascendencia, tan presente en nuestra cultura, se sustituiría por un imanentismo que permitiría mostrar que la vida late en la Naturaleza y, por tanto, en el propio ser humano. Todo es co-creación. Esta forma de abordar la narrativa parte del silencio, como lo hace la música, y permite revelar la esencia de esa naturaleza de la que formamos parte y que habla en nosotros/as.

Y ahora, miremos qué tipo de relatos estamos intercambiando. Por no tener, no tenemos tiempo, ni ganas, ni esperanza. En esta era en la que la palabra es la forma de contacto mas habitual, nos estamos creyendo nuestras historias más tristes. Nos hemos sumido en el sueño de la escasez y así salen los relatos, vacíos de vida.

La Narrativa Regenerativa propone contemplar el mundo desde dentro, porque no hay un afuera.

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