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¿Pero de verdad existe “la actualidad”?

Hace más de cien años que todas las ramas del conocimiento han demostrado que el ojo engaña, que lo invisible existe, que el tiempo y el espacio están relacionados y son relativos, sin embargo la mayoría de las personas que narran la realidad se siguen planteando la búsqueda de la Objetividad y de la Actualidad como una exigencia incuestionable que determina no sólo los temas que eligen sino su forma de posicionarse ante los acontecimientos e incluso sus estructuras y estilos narrativos.

¿Cómo es posible? La ciencia ya ha explicado con argumentos sólidos aquello que durante siglos nos ha parecido una percepción subjetiva, por ejemplo, que el tiempo transcurre a distintos ritmos (una hora en el dentista no es lo mismo que una hora en el cine). En 1905 Einstein empezó a esbozar su teoría general de la relatividad y 1915 es cuando logró completarla. Con ella demostraba científicamente que el tiempo discurre más despacio cuanto más deprisa nos movemos. Es cierto que no se refería a nuestras tardes de hastío o de placer, pero hizo evidente que en el mundo microscópico el reloj no es preciso por mucho que los minutos siempre estén compuestos de los mismos segundos.

Ha pasado un siglo y ya proclamamos con naturalidad que el universo es relacional. Esta certeza, que impera en otras ramas del conocimiento, ya tiene gran calado en nuestro imaginario, pero siguen siendo una excepción las narradoras y narradores que se pregunten cómo contar el mundo desde ese punto de vista. La premio Nobel de Literatura 2019, Olga Tokarczuk, es una de las pocas escritoras que se preguntan si hoy es posible encontrar las bases “de una nueva historia que sea universal, integral, inclusiva, arraigada en la naturaleza, llena de contextos y al mismo tiempo comprensible”.

En el ámbito de la comunicación de masas parece que nadie se plantea este tipo de reflexiones. En términos científicos, quienes escriben en los medios parecerían seguir las convenciones newtonianas (siglo XVII). Para Isaac Newton el universo era un reloj gigantesco al que Dios dio cuerda al principio de los tiempos y desde entonces funciona de manera exactamente predecible. En línea con esta lógica, el calendario periodístico permanece ligado a la agenda política, a aniversarios y conmemoraciones (consideradas como “perchas” de ciertos reportajes, artículos de fondo, documentales…) y a una inmediatez que aísla datos, acontecimientos y a los individuos que los protagonizan.

Las personas que participan en este orden del mundo narrativo han olvidado que Actualidad y Objetividad son convenciones útiles para controlar los acontecimientos, por el contrario, consideran que ambos conceptos son valores irrenunciables. Han olvidado que el concepto de “noticia de actualidad” fue alentado por los periódicos y luego por los “telediarios” con el fin de hacer más inteligible la realidad. Al desglosar el presente en porciones de 24 horas el mundo renovaba el consumo de sus relatos cada día. Esto explica que hoy los informativos comiencen a horas enteras o medias, que duren fracciones de tiempo sin decimales y que las noticias sean cada vez más breves, de modo que se facilite el consumo rápido y constante.

Lejos de cuestionarse, esta convención se ha convertido en un valor incuestionable. La “actualidad” protagoniza los titulares de los periódicos, abre informativos, facilita la emisión de ciertos documentales, organiza debates… Su existencia desplaza la atención de otros temas, cataliza acciones y reacciones, alimenta a voces y portavoces, reporta beneficios económicos y cuando deja de ser útil o rentable cae en un olvido informativo. Se acepta que mantener viva una noticia demasiado tiempo genera desinterés de la audiencia, de modo que el acontecimiento deja de ser narrado, enterrado en vida, aunque no haya llegado su final ni sus protagonistas hayan encontrado una salida. Así, la realidad que es abordada como “actualidad” en los medios de información/espectáculo se desvitaliza nada más convertirse en relato.

¿Cómo es posible que mantengamos en pie esta lógica? Sabemos que el paso del tiempo modifica a un ser humano, que la percepción de nuestras propias acciones cambia a lo largo de la vida, que ninguno de nuestros actos es un hecho aislado, que nuestra mirada sobre el mundo está ligada a experiencias, recuerdos y sensaciones.  A estas alturas deberíamos haber asumido que cualquier acontecimiento del futuro puede abordarse desentrañando el pasado, que se pueden explicar ciertos aspectos del presente indagando en ámbitos que no parecen estar relacionados, que la noticia no tiene porqué estar en “primera línea” sino en lugares en los que parece que ni está ni se la espera, que tomar conciencia del lugar que se ocupa en el acontecimiento como narrador/a puede ser relevante… Cualquier acto inaugural, cualquier novedad, cualquier noticia no es más que la cuenta de un collar infinito, un punto en una red de inter-reacciones en el espacio y en el tiempo cuyo hilo puede llevar hacia delante y hacia atrás de forma no lineal. ¿Cómo es posible que sigamos creyendo que la objetividad es posible y que la actualidad es un fenómeno tan natural como las tormentas de verano?

Hace muchas decenas de años que otras ramas del conocimiento trabajan con procesos y relaciones, pero en los/as profesionales de la narración no parecen ser permeables a sus afirmaciones, quizás porque son las leyes del mercado determinan sus planes de estudio. Como cualquier industria, las grandes corporaciones de la información persiguen que sus procesos sean rentables abaratando sus costes, para ello es imprescindible, por ejemplo, que las piezas de su maquinaria sean intercambiables. Del mismo modo, interesa encontrar productos que puedan expandirse en el mercado sin tener que modificarse, de ahí la importancia de formatos fácilmente distinguibles por la audiencia. Para las élites que quieren manejar ilícitamente las diferentes facetas del poder público, la posibilidad de desconectar las narraciones de los hechos tiene un gran valor estratégico.

La confusión o la hiperinformación (otras formas de ocultación) generada por el uso perverso de la actualidad permite que las élites del poder tomen decisiones injustas e impopulares, la pandemia es un claro ejemplo. La industria de las narraciones contribuye a que esto suceda porque la lógica de la “actualidad” facilita el trabajo de sus peones dentro de la cadena de información, acota el número de acontecimientos y facilita la competencia. Las élites saben que fraccionar los acontecimientos permite evitar que algo cambie, la industria sabe que las emociones de la audiencia trabajan a más velocidad que su memoria.

Quienes forman parte de esta cadena como narradores/as asumen que lo más adecuado para alcanzar una noticia es recorrer el camino más corto, más eficaz y productivo. Este modelo de producción narrativa (corta y rápida y de consumo fácil) termina moldeando no sólo a quien narra sino a sus relatos y, por tanto, al imaginario de los consumidores de actualidad. El menú que ofrece el mercado de la información está compuesto, en su mayoría, por narraciones decadentes en tanto que son asertivas (el camino más corto y la rapidez símbolo de agilidad mental), no dan lugar para los matices que proceden de la duda, los destellos de creatividad deben encajar en la fábrica de relatos, apenas es posible una investigación relevante o una reflexión… Esta es la naturaleza de las “noticias de actualidad” con las que la mayoría de los medios abren sus espacios informativos, creando un efecto espejo que puede convertir un fuego fatuo en el centro de atención colectivo.

Sabemos que cualquier hecho del presente es el resultado inevitable de una suma de decisiones y actos individuales intervenidos por el azar, determinados por sus propias reacciones a otras acciones, condicionados por los intereses del poder y limitados por nuestras creencias y expectativas; un hecho, en fin, que es consecuencia de un pasado y está en resonancia involuntaria con otros acontecimientos a los que no tiene porque estar ligados directamente… pero no nos hacemos caso.

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