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¿Puede ser nuestro inconsciente (fuente de pensamientos, sentimientos y acciones) el próximo territorio a expoliar?

En poco más de 100 años la humanidad ha pasado de negar la realidad a sustituirla con nuestros relatos.

Son nuestras emociones las que generan actos y los relatos tienen la capacidad de conmovernos; esta potencia narrativa ha sido utilizada secularmente por aquellas personas que buscan imponer su ascendencia y acumular sus privilegios.

En los dos últimos artículos publicados en esta ventana he demostrado con datos precisos que siempre ha habido hagiografos al servicio del imperio dispuestos a maquillar los delitos de tiranos interesados en someter sus súbditos sin necesidad de recurrir a la violencia física. Sus estrategias narrativas han permitido que las élites multipliquen sus privilegios con relatos capaces de disfrazar la red de relaciones necesarias para que un sistema injusto permanezca en pie. Así, tal y como demostré, una sociedad pacífica puede ir a la guerra o asumir la crisis económica dejándose llevar por una confianza fabricada por quienes se lucraron con ella, sin darse cuenta de que está siendo víctima de una violencia estructural ejercida por los ambiciosos con pactos de silencio y ficciones elaboradas por sus estrategas narrativos.

Para entender el momento en el que hoy vivimos he necesitado mostrar ejemplos de spin-doctors al servicio de la victoria de líderes políticos en gobiernos democráticos y nombrar la existencia de cineastas, artistas, etc al servicio de los intereses económicos de las grandes multinacionales. Con sus relatos han ocultado guerras, han creado falsos enemigos, han desviado la atención sobre las injusticias sociales, ecológicas, políticas y económicas que han cometido las élites para las que trabajan. Probablemente en ningún momento hayan empuñado un arma pero han sido mercenarios cuyo arma son las ficciones con las que participan en la violencia simbólica. Lo perverso de este tipo de violencia es que las personas sometidas (en este caso espectadores, lectores, audiencias…) no distinguen o son inconscientes de que los valores, cánones, roles, argumentos y estatus que reproducen van en contra de sus propios derechos. Es decir, a pesar de ser víctimas, quienes consumen estos relatos pasan a ser cómplices de la dominación a las que están doblegadas porque nadie les pone una pistola en el cuello para seguir consumiéndolos.

Nos estamos rompiendo

El presente artículo quiere dar luz a cómo los avances de la ciencia y la tecnología están abriendo nuevos caminos para que estos estrategas y las élites que los financian lleven al límite la tan rentable violencia simbólica con la que están multiplicando sus privilegios y su riqueza. La riqueza total de las personas más ricas del mundo se ha multiplicado casi por cuatro, de 41,5 billones de dólares a 191,6 billones de dólares en 2020. Los diez hombres más adinerados del mundo acumulan seis veces más riqueza que los 3.100 millones de personas en mayor situación de pobreza. ¿Cómo es posible que esto suceda sin que tantos millones de personas empobrecidas (y las que están en vías de sumarse a esta situación) devoren a este pequeño grupo de personas?

La desconfianza ante la veracidad de los relatos fabricados por las élites aumenta hasta pervertir el espíritu crítico y nuestra autonomía como individuos. Nuestra cultura se ha asentado en la sospecha indiscriminada. El bombardeo de información es tal que, sin tiempo, no logramos digerirla, lo que nos aleja de esa actitud contestataria que no da nunca por definitivas las ideas recibidas. En lugar de ello, damos rienda suelta a reinterpretaciones que no logran vincularse con lo real, porque la realidad ha quedado sepultada por quienes forman parte de la violencia estructural.

Nuestros actos ya no pueden sostener los relatos que escuchamos, nuestros salarios no pueden adquirir los productos que querríamos comprar, las sequías ya no pueden ser disimuladas mientras seguimos soñando con piscinas privadas, y en medio de este desgarro nos revolvemos contra esa mano invisible cuya existencia conocemos porque son suyos los spots publicitarios, los espectáculos, las piscinas que compramos, y nos atrevemos a darle mil nombres pero no logramos encontrar definitivamente su “apellido”, ese que nos permitiría romper para siempre nuestra relación. O sí. Quizás estemos empezando a abandonar las estructuras mentales que perpetúan este poder asimétrico y violento del que hemos terminado formado parte. Unos 4.2 millones de trabajadores en Estados Unidos dejaron su empleo en octubre para buscar un lugar profesional más digno en la reactivación económica que promete el fin de las restricciones de la Covid-19. En Twitter, el hashtag «#GreatResignation» («Gran renuncia» o «Gran dimisión») se multiplica y con él testimonios como «Comencemos por tratar a las personas con más humanidad y compasión” o «Renunciamos porque no tenemos nada que perder”. No les sale las cuentas, eso es innegable, aunque no sé si están logrando desprenderse del triángulo que forman la seguridad como ideología, la competitividad como principio de vida y el sálvese quien pueda como destino.

Por otro lado, los movimientos sociales comienzan a prestar atención a los relatos individuales y compartidos para detectar la violencia sembrada en ellos. Despojarlos de los roles y estatus tóxicos permite vislumbrar esos “apellidos” a los que necesitamos transformar la realidad. El simple hecho de recordar que los derechos humanos no son privilegios y reconocer que los estatus en los que nos movemos suelen estar preñados de prerrogativas permite afinar la diana de sus iniciativas y desintoxicar las relaciones que conforman el poder sistémico. El cambio climático avanza de forma dramática pese a nuestras denuncias y análisis críticos. Nacen nuevos desequilibrios ecosociales, como los generados durante la Covid-19.

Nuevas vías de dominación

Y es en este momento cuando los avances de la bioingeniería, la Inteligencia Artificial, la robótica, la epigenética, la nanotecnología, la tecnología de la información y las ciencias cognitivas (que transforman la vida, los cuerpos y sus fronteras, generando nuevas mercancías y nuevos dilemas morales) ofrecen nuevas vías de dominación a las élites más adineradas. Ya se están industrializando tecnologías como las interfaces cerebro-máquina que permiten leer el inconsciente, las emociones o aumentar las capacidades intelectuales. Ya se están dando a conocer objetos de consumo que permiten que las empresas productoras registren los pensamientos de sus consumidores antes de que puedan haberlos formulado, es decir, que en un plazo de menos de diez años podrán determinar sus emociones, impulsos y comportamientos mucho antes de que formen parte de su pensamiento crítico.

Los rápidos avances de las grandes empresas tecnológicas como Meta (antes Facebook, fundada por Mark Zuckerberg, uno de los 10 hombres más ricos del mundo), Microsoft (propiedad de Bill Gates, otro de esos 10 hombres), Neuralink (del magnate Elon Musk, que también forma parte de esa decena de hombres mega-ricos) y Google (Larry Page y Sergey Brin, dos miembros más de esta decena de prohombres) en materia de inteligencia artificial entrañan oportunidades científicas pero también posibles riesgos ante la posibilidad de alterar cognitivamente la mente humana. Conceptos como transhumanismo y posthumanismo, sus posibilidades y sus límites, comienzan a formar parte de ciertos debates.

Ha llegado la hora de tomar las riendas

Para que estos productos puedan ser adquiridos sin sospecha alguna, es necesario crear relatos seductores. En estos momentos hay una multinacional de la alimentación que pone al servicio de la venta de sus productos dos afirmaciones aparentemente inocuas: que somos seres sintientes y “si puedes sentirlo es que puede ser verdad”. Utilizan como punto de partida unos relatos que ya sustituyen a lo real, con sus propios códigos de valores y no sólo con su estética: los videojuegos. De hecho, subtitulan la legendaria marca con el concepto “real magic”. “Magia realista”, fue precisamente el título del ensayo publicado por el filósofo Timothy Morton en 2013 para hablar del punto de encuentro entre realidad y truco y que se produce cuando entran en juego diversos lenguajes que sin ser antitéticos tampoco son isomórficos. La narrativa del spot es una ficción bella y fascinante que se ofrece como fantasía capaz de sustituir una realidad que duele y en cuyo dolor la compañía está implicada como depredadora de agua.

Nuestro inconsciente, como fuente de pensamientos, sentimientos y acciones, puede ser el próximo territorio por expoliar. Junto a esta posibilidad, está cobrando forma una estructura de pensamiento y de acción regenerativa que en el seno de este posthumanismo abre nos una puerta que devuelve a los procesos y dinámicas ecológicas.

La posibilidad de que los avances científicos rompan las fronteras entre el cerebro y la tecnología  (entre otras fronteras) permite cuestionar las dualidades en las que crece nuestra cultura como las distinciones entre humano/animal, naturaleza/cultura, sujeto/objeto o salvaje/domesticado. Es hora de revisar qué entendemos cuando nos auto-referimos como “seres humanos”, de reconocer nuestros vínculos y nuestros procesos co-creativos con las plantas, animales, máquinas y objetos con los que co-participamos en la trama de la vida. Y, por supuesto, cómo queremos narrar la vida para acabar con los relatos tóxicos y antes de que nuestro inconsciente individual y colectivo sea expoliado con nuestra anuencia. Una nueva forma de concebir y narrarnos está en ciernes, es el tiempo de tomar las riendas.

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