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Un mundo para admirar vs. un mundo para vivir

Lo que puede parecer irrelevante en una sociedad enganchada a la estética de las cosas, al consumo rápido, a lo “instagrameable”... para una persona neurodivergente puede ser devastador.

Sí, un mundo para vivir, porque vivimos en un mundo creado para ser admirado, para ser recordado, pero pocas, muy pocas veces, para ser vivido.

Esto, que puede parecer irrelevante en una sociedad enganchada a la estética de las cosas, al consumo rápido, a lo “instagrameable”, para una persona neurodivergente puede ser devastador. Y esta palabra, neurodivergente, engloba más de lo que puedas llegar a pensar.

Una neurodivergencia o neurodiversidad hace referencia a todas aquellas personas con una capacidad de procesar cognitiva y emocionalmente distinta a las personas neurotípicas. Se suele relacionar mucho con el autismo, pero lo cierto es que engloba también una dislexia, un TDAH, alta sensibilidad, entre otras. No se trata de capacidades distintas o especiales, sino de procesos diferentes.

¿Qué priorizamos a la hora de diseñar y construir?

A la hora de diseñar y construir se habla de cuán rápido puede hacerse el edificio, de cuán económicos pueden ser los materiales, de cuánta rentabilidad se puede sacar de la inversión…

Y unos pocos, las ovejas negras del sector, pensamos en las personas, en los habitantes, y no solo en eso, también valoramos la experiencia, creando ecosistemas que acompañen personas, familias, a veces incluso comunidades, creando estilos de vida saludables y acordes con lo que la naturaleza había pensado para nuestra especie y de la cual nos estamos alejando a pasos demasiado rápidos para que la evolución pueda adaptarse, desconectándonos de nuestra propia esencia.

Aquí es donde cobra importancia conocer al usuario, su forma de pensar, de percibir, de procesar el entorno que le rodea… y no es lo mismo una persona con un cerebro de procesamiento “típico” que una persona, por ejemplo, autista, o TDAH, o PAS.

Las personas neurodivergentes procesamos la información de manera atípica

Este es mi usuario tipo, las personas neurodivergentes, personas que, citando a Delacanto, procesan de forma diferente la función sensorial en la asimilación de estímulos informativos del entorno físico.

Por eso se vuelve de suma importancia que el entorno se diseñe de manera favorable y, de este modo, no llegar a alterar los inputs sensoriales que acaban creando conductas socialmente “inaceptables” o que despiertan aprensión por mero desconocimiento y desinformación.

Y es que, a mi parecer, no existen conductas inadecuadas, sino espacios inadecuados que generan respuestas afines a la magnitud del desacato del espacio construido. Por ejemplo, el mero hecho de ir a un centro comercial puede ser un verdadero reto para una persona neurodivergente, por distintos factores y también por la acumulación de todos ellos. Me refiero a la ola de olores, colores, luces, música, gente y variedad de productos para una misma cosa.

Por este motivo, no es de extrañar que a una persona altamente sensible le den ganas de llorar al intentar escoger un yogur de limón de entre 16 variedades distintas, cada una con una promesa irresistible, colores y formas tan parecidos que es un reto cognitivo discernir el “adecuado”, o que a una persona autista le dé un apagón sensorial frente a la acumulación de sonidos (música ambiente, personas hablando, megafonía…) y acabe enzarzada en una autorregulación in extremis a través de estereotipias (movimientos incontrolables que sirven para autorregularse sensorialmente, por ejemplo aleteos, dar palmas, saltos, giros…).

Solución acorde con el perfil sensorial del usuario

En el ejemplo anterior está muy claro, pero en nuestra propia casa puede suceder algo parecido, y ahí es cuando un arquitecto o interiorista debe saber ofrecer una solución acorde con el perfil sensorial del usuario que va a habitar ese espacio.

Por dar un ejemplo muy común, el uso de papel pintado en habitaciones infantiles con un fondo marino o una selva llena de animales. Se trata de un recurso muy utilizado. Ahora bien, una peque con TDAH va a tener un sobre estímulo muy grande, y a la hora de hacer los deberes en su dormitorio lo más probable es que esté más pendiente de contar cuántos leones hay en la sabana o pececitos en el mar, que en los ejercicios de matemáticas.  Y no es que sea despistada o vaga, es que le estamos poniendo en bandeja un estímulo mucho más interesante que las sumas y las restas.

Diseñemos entornos que conduzcan a reforzar habilidades de desarrollo y aprendizaje, que creen una convivencia real entre todo tipo de usuarios.

Dejemos de priorizar lo banal, lo bonito porque sí, para empezar a centrarnos en lo que verdaderamente importa, unos espacios que puedan ser utilizados por toda la población, independientemente de si tienen o no tienen alguna condición física o mental, porque…, dime, ¿reconoces a una persona bipolar o esquizofrénica por la calle? ¿Reconoces a un mudo o a un sordo? ¿Reconoces a una persona TDAH o con depresión? No? ,yo tampoco (me lo imaginaba) y es que me han enseñado que es de mala educación ir preguntando cosas como “Hola, buenos días, ¿tienes alguna condición mental?”.

Todos somos neurodivergentes de algún modo

Más amable y educado sería partir de la base de que todos, en el grado que sea, somos neurodivergentes de algún modo, o que todos pasamos por épocas de estrés en las que esa luz nos molesta y el ruido de la calle se nos hace ensordecedor…

Porque, además, nuestro perfil sensorial varía con la edad, pero también pasamos por etapas más o menos intensas, y procesamos o no la información de forma atípica. Una mujer embarazada tendrá más sensibilidad a los olores, cosa que luego puede desaparecer tras dar a luz, y un empresario en plena ola de trabajo puede estar pasando por un trastorno de ansiedad generalizada que le lleve a no ser capaz ni de leer qué sala es en la que tiene la próxima reunión, sencillamente, su cerebro está bloqueado por todo el flujo de nueva información y quehaceres pendientes.

Empecemos a diseñar para la convivencia, y no tanto para los libros de historia de la arquitectura o las inversiones inmobiliarias. Diseñar así…, qué bonito sería. Y, además, cuánto nos beneficiaríamos todos.

La discapacidad no significa incapacidad

Y es que discapacidad no significa incapacidad. Me explico, una persona en silla de ruedas tiene una discapacidad física, pero mentalmente puede estar en la media intelectual o superior. Lo mismo pasa con las condiciones del neurodesarrollo. A menudo la discapacidad queda totalmente invisibilizada por una conducta socialmente esperada o “adaptada”. Eso hace que esas 2 de cada 10 personas que son neurodivergentes no se sientan a gusto con el espacio que habitan o que, directamente, lo perciban como hostil y dañino.

Vivir espacios que cuando entres no duelan, sino que te abracen, que no mareen, sino que te acompañen. Espacios pensados con cuidado y cariño…, esa es la vía.

La desinformación se combate con conocimiento, integrándolo

Pero la única manera de llegar a eso es la información y… ¿quién sabe lo que significa neurodivergencia? por otra parte ¿quién sabe lo que necesita una persona autista, o PAS o bipolar? o ¿quién conoce sus dificultades o su forma de procesar?

A la desinformación se la combate con conocimiento… Pero hay que estar dispuesta a tomarlo e integrarlo, a hacerlo tuyo…

Y, por supuesto, de nada vale si no se aplica. Y del mismo modo, de nada vale si no se cree en ello.

Es la misma relación que cuando hablamos de algo “eco”.

El boom de lo ecológico, diferentes formas de vivirlo

En los últimos años, ha habido un boom de todo aquello que está relacionado con lo “eco”, pero son muchos los que no creen en ello, sino que lo ven como una forma más de reclamo, e incluso un modo de subir el precio a un producto o servicio. Este tipo de empresarios o empresarias no creen en lo que venden, sencillamente no lo han integrado y puede que ni reciclen en su casa, pero están dispuestos a subirse a la ola de lo ecológico si esto significa entrar en un nicho de mercado más.

Luego están los que creen en ello, lo viven y lo toman como un estilo de vida, por lo que su servicio se alinea con lo que son para crear una verdadera convivencia.

Diseñar para la convivencia

Este paradigma se extrapola al diseño para la convivencia.

Puedes decir que te adaptas a todo tipo de usuarias y usuarios y sus gustos, poner un par de cartelitos de pictogramas en una tienda y decir que es inclusiva, o diseñar una casa para un cliente autista sin saber muy bien la repercusión sensorial que va a tener, o bien puedes interesarte por su forma de captar y procesar la información y crear algo que le beneficie completamente y suponga una mejora real en su vida.

No me malinterpretes, no voy a proponerte que para ser arquitecta, o arquitecto, o interiorista hagas un grado en psicología, aunque, estarás de acuerdo en que muchas veces mal no nos habría venido que en la universidad nos hubieran dado un par de módulos sobre cómo captar lo que realmente nos está diciendo el usuario o usuaria, o cómo entender lo que necesita mientras comenta todo aquello que quiere.

Escuchar con atención

A lo que me refiero es que intentemos llegar a todo el mundo, a todo tipo de usuarios. En la mayoría de webs leemos eso de, te escuchamos y hacemos un diseño solo para ti, o el típico “cumplimos tus sueños”. Realmente, ¿tenemos el conocimiento necesario para saber darle aquello que necesita envuelto en el papel de regalo con el color de aquello que quiere?

Nuestra paz mental, nuestra tranquilidad se nutre de las emociones, las sensaciones, los sentimientos y se justifica con la razón.

De nada le va a servir esa nueva casa o esa reforma a una persona a la que no hemos escuchado con atención y ofrecido exactamente lo que su inconsciente y sistema de procesamiento necesita y tanto anhela. Ahí reside la diferencia entre espacios para vivir o para sobrevivir. 

Así que la pregunta es sencilla… ¿diseñas para sobrevivir, o diseñas para vivir en armonía con uno mismo, o una misma, y con el resto de la sociedad?


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